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Las mujeres de Srebrenica: el aterrador testimonio del genocidio en Bosnia

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 El 6 de noviembre tuvimos un emotivo encuentro con Hajra Catic y Hatidza Mehmedovic, dos mujeres que han sido el azote de las conciencias para que el genocidio de los Balcanes no caiga en el olvido.

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El 6 de noviembre seguimos nuestro peregrinar por Los Caminos de la Memoria, y llegamos hasta Donostia, al hotel Londres, lugar donde celebramos la segunda conferencia del ciclo. Allí tuvimos un emotivo encuentro con Hajra Catic y Hatidza Mehmedovic, dos mujeres que han sufrido mucho, dos mujeres sencillas, pero muy valientes, que han sido el azote de las conciencias para que el genocidio de los Balcanes no caiga en el olvido.

El público donostiarra llenó la sala para escucharlas. El acto fue presentado por Mauro Calvo, director de Idi Ezkerra Fundazioa, y contó con la colaboración de Irene Cormenzana, la responsable de SOS Balkanes, quien hizo un breve repaso, a modo de recordatorio, de los sucesos acaecidos en Srebrenica. Ambas organizaciones, SOS Balkanes e Idi Ezkerra, han colaborado en este proyecto para traer a Euskadi el testimonio de estas dos mujeres.

Hajra Catic y Hatidza Mehmedovic dirigen las dos principales asociaciones de víctimas de la masacre. Hajra preside la asociación Mujeres de Srebrenica, con sede en Tuzla, en la que se agrupan las madres, esposas e hijas de los asesinados que aún siguen desplazadas. Hatidza, por su parte, preside la asociación Madres de Srebrenica, y lo hace desde la propia ciudad martirizada. Ella se atrevió a regresar en 2002 a ese lugar en el que su vida se rompió en mil pedazos, y donde muchas veces tiene que cruzar su mirada “con los genocidas. Hay muchos Mladic, muchos Karadzic que aún andan sueltos e incluso ocupando puestos de responsabilidad”.

Hajra y Hatidza perdieron a toda su familia en la matanza. Hatidza, perdió a su marido, sus dos hijos y a todos los demás varones de su familia. Hajra sufrió el asesinato de su marido y de su hijo. Ambas llevan años peleando para encontrar sus cuerpos y los de otros miles de desaparecidos, para abrir las fosas comunes, y para conseguir que los verdugos comparezcan ante el tribunal de la Haya. El testimonio que nos han dejado resulta estremecedor.

“Miles de madres de Srebrenica morimos en julio de 1995. Nuestra vida se acabó. Yo solo respiro, pero no vivo. En lugar de ver crecer a mis hijos, busco sus restos por las fosas comunes. Toda la felicidad se ha acabado para mí” dijo Hatidza durante la conferencia.

La masacre de Srebrenica representa la mayor atrocidad cometida en Europa desde la II Guerra Mundial. En 1995, en apenas unos días, 8.373 hombres, entre ellos más de 500 menores de edad, fueron asesinados por paramilitares serbios dirigidos por Ratko Mladic. Lo que ocurrió aquel 11 de julio fue algo espantoso. La ciudad, que había sido declarada “zona segura” por Naciones Unidas fue asaltada por las tropas paramilitares serbias. Las fuerzas holandesas estacionadas allí no hicieron nada por evitarlo, e incluso colaboraron en la separación de mujeres y hombres. A las mujeres y niños les metieron en autobuses y les enviaron a territorio controlado por el gobierno bosnio. Los varones entre 12 y 60 años fueron retenidos y, en cuestión de horas, masacrados de forma masiva y sistemática. Sus cuerpos fueron sepultados en fosas comunes. Entre ellos, el marido de Hajra. Muchos otros se echaron al monte para no ser capturados, e intentaron cruzar las líneas serbias para llegar a territorio amigo. Más de la mitad no lo consiguió. El marido y los dos hijos de Hatidza, y también el hijo de Hajra, fueron asesinados en ese intento desesperado.

Hatidza recordó como “mi hijo pequeño, de 16 años, no quería separarse de mí. Le pedí que se fuera con su padre y su hermano, y se marchó llorando, tapándose los ojos para no verme. Y ya nunca le volví a ver”. Desde entonces Hatidza está sola en el mundo, y en 2002 tuvo el valor de regresar para vivir en Srebrenica, que está en manos de los serbios. “Allí están mi casa y mis recuerdos” nos dijo. Conserva algunos objetos y libros de sus hijos. Eso es todo lo que le queda de ellos, y con la voz temblorosa, casi llorando, confiesa que “si no fuera por esas cosas, casi llegaría a pensar que nunca tuve hijos, que lo soñé. Todavía, muchas noches, aparecen en mis sueños y me dicen que están aquí, que no se han ido, pero cuando me despierto, el sueño se desvanece, y nunca están”.

El cuerpo del marido de Hajra fue encontrado en 2005. De su hijo Nino no hay ni rastro. Hatidza, por su parte, recuperó en 2007 los restos de uno de sus hijos, pero no sabe a cuál de ellos pertenecen. También han encontrado, en tres fosas diferentes, varios huesos de su marido. Hatidza nos aclaró que “esta fue una práctica habitual: dividían los restos y creaban nuevas fosas donde se mezclaban los cuerpos para dificultar la identificación. Aún no he podido enterrar a mi marido porque hasta que no se ha completado un 75% del cuerpo, no se les puede dar tierra”. Hasta ahora, de los 8.373 desaparecidos, 3.214 cuerpos han podido ser identificados y enterrados. Sus cuerpos reposan en el Memorial de Potocari, una aldea a las afueras de Srebrenica, donde se produjo la masacre. Otras 3.500 bolsas con restos humanos (muchos de ellos mezclados) esperan en Tuzla para llevar a cabo la identificación.

Sobre la esperanza de que se haga justicia, ambas se muestran muy disconformes con los resultados del tribunal de la Haya porque “funciona con una lentitud desesperante, y porque sus condenas son de risa”.

El genocidio de Bosnia da la medida de hasta que extremos puede llegar la locura del ser humano. Resulta verdaderamente indignante ver como hechos de este tipo pudieron ocurrir en el mismo corazón de Europa, a las puertas del siglo XXI, y ante la mirada indiferente de la comunidad internacional. Por eso, testimonios como el de Hajra y Hatidza han de servir para golpear nuestras conciencias y mantenernos alerta contra todo tipo de extremismo.

Hajra y Hatidza ofrecieron otra conferencia unos días después en Eskoriatza, donde tuvieron la oportunidad de reencontrarse con algunos refugiados bosnios que rehicieron su vida en Euskadi. Su intervención, de nuevo, encogió el corazón a todos los presentes.
Nuestro agradecimiento a Dzermina por su impagable y fantástico trabajo como traductora, y a Sunita Idoia por el apoyo tan extraordinario que nos brindó para atender como se merecen a Hajra y Hatidza. Hvala ljepo!

 


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